Marcel Proust
El hombre que reencontró su tiempo
Moshé Korin


Al haberse cumplido 85 años de su muerte, queremos en esta nota recordar a quien sin lugar a dudas se halla entre los tres o los cinco primeros grandes escritores del siglo veinte: Marcel Proust. Queremos hacerlo reflexionando sobre la gran novela que legó al arte universal, que para algunos son siete novelas, y para otros una novela en siete partes: “En busca del tiempo perdido”, como así también agregando algunas líneas biográficas sobre este gran artista.

Singular merienda


Se ha escrito mucho sobre la fuente de inspiración de los escritores. En el caso de Proust, su gran obra ha tenido fuentes muy señaladas y advertidas por él, al punto que casi puede afirmarse que la misma fuente lleva la marca de la creatividad propia de su narración. Así, en 1909, volvía él una tarde de invierno a su casa, cuando su niñera le sirvió una taza de tilo con una tostada. En la obra de Proust esta taza de tilo se convierte en una taza de té, y la tostada, en una magdalena (la “madeleine”), que como sabemos es una galletita muy común en Francia. Aquella merienda originó, claro está, un resultado inesperado en la historia de la literatura universal.

Memoria involuntaria


Proust incluso da su explicación: en el momento de morder la tostada experimentó un fenómeno que él ha llamado de “memoria involuntaria”. Señala que la misma no es como la memoria voluntaria, donde el recuerdo es siempre más o menos borroso, sino que implica una experiencia que surgió a partir del repentino ensamble de dos sensaciones que se encabalgan: el gusto de la tostada se asocia con un fragmento de vida pasada. Una experiencia singular como lo es en otro orden la vivencia mística, pero que a aquel le ha de provocar una inmensa felicidad, dado que le posibilita rescatar un fragmento de tiempo.

Razones para la aventura


Otros dos ejemplos de memoria involuntaria que describió Proust fueron, uno: el sonido de la cucharita de plata contra la taza, que le trae a su mente de manera absolutamente presentificada una escena en la que los caballos habían provocado un ruido similar en un patio de su casa. Y dos: el día que en ese mismo patio tropieza con una baldosa floja, que le trae en presente una situación análoga de un tiempo marchito.

Lo concreto es que estas experiencias que él describe de “memoria involuntaria”, en las cuales más que recordar vive en presente un fragmento del pasado, le cambian la vida y lo lanzan a la aventura de su novela total. O del conjunto de extensas novelas entretejidas con miles de detalles y de matices, que conforman “En busca del tiempo perdido”. Una obra que, como se ha señalado, implica también el pasaje entre la novela del siglo diecinueve y la novela del siglo veinte.


Niño asmático


Nació en París, el 10 de julio de 1871. Hijo de un gentil y una judía, ambos de alta clase social. Su padre, Adrien Proust era un prestigioso médico. Y la madre, Jeanne Weil era originaria de la comunidad judía de Alsacia. Su madre —muy lectora, culta y refinada— tuvo una enorme importancia en su formación y en su vida. También su abuelo materno le relataba y le explicaba pasajes de la Biblia y del Talmud. Ya muy temprano, a sus 9 años de edad, Marcel Proust comienza a padecer asma, enfermedad que nunca lo abandonaría. El impacto que le produjo la situación en la que un día, la madre, ocupada en sus actividades mundanas le negó el beso; para algunos autores sería en gran parte determinante de esa enfermedad como de su homosexualidad.

En su cumpleaños número 46, el 10 de julio de 1917, Proust estaba rodeado de los escritores Colette y Jean Cocteau, que lo visitaron para celebrar junto a él dicha fecha. Fue entonces que entre sorbo y sorbo, Marcel recordó: “... y de mi infancia no sé qué narrarles... podría hablarles de mi padre católico, de mi madre judía, del amor que se prodigaban; de mi `Bar Mitzvá` (Ceremonia de Confirmación de los niños judíos a los 13 años de edad) para el cual me preparé con las más finas y delicadas filacterias (`tefilín`) y el `tailt`(manto sagrado que los hombres usan durante el rezo, a partir de los 13 años de edad) de fina seda, que al ponérmelo sobre los hombros, dejaba oír un `fru-fru` acariciador del oído”.

“De mi abuelo Shloime Weil, que me leía y explicaba sabios párrafos del Talmud. Uno que aún hoy recuerdo, decía: `Sin la pasión, el mundo perecería. La piedra no comprende a la brisa; la flor, sí”.

“Podría hablarles del regalo que le pedí a mi adorada madre, otro 10 de julio, de hace 38 años: -Tu cariño, le dije. Y ella me respondió: -Monedita mía de oro, Canario mío... No te regalo nada, porque eso, ya lo tienes...”.


Talentoso estudiante


Cursa la Secundaria en el Liceo Condorcet, obteniendo muy buenas calificaciones, y demostrando un particular talento para las letras. A la hora de la formación universitaria, Marcel Proust asiste a clases en la Facultad de Derecho de La Sorbona y también a las clases de la Escuela Libre de Ciencias Políticas. Piensa dedicarse a la actividad diplomática, pero desiste. Pasa largas jornadas entre libros en la Biblioteca Mazarino.

“Petit Marcel”


En su juventud combina el interés literario con la vida mundana. Es el “petit Marcel” (pequeño Marcel) que comienza a frecuentar los salones de la alta sociedad. Poseedor de fina sensibilidad, don de gentes y delicadeza, se convierte en un “habitué” de los salones de la aristocracia. En los salones de la Princesa Mathilde, de Madame Strauss y de Madame de Caillet además de codearse con “la créme” de la sociedad parisina, conoce también a importantes personalidades del quehacer literario (como Anatole France) y del ámbito científico (como Jean Baptiste Charcot). Muchacho elegante, vistiendo frac y con una gardenia en el ojal, tenía lo que muchos han denominado “un aire zalamero” y una actitud notoriamente “esnob”, en la que muy pocos podrían haber adivinado al profundo pensador y esteta literario.

Asimismo, por los vínculos de su madre en el judaísmo, el joven Proust conoce a la esposa del filósofo Henri Bergson y a Adolphe Crémieux (1796-1880), Ministro de Justicia de Francia, importante dirigente judeofrancés de la “Alliance Israelite Universelle” , del Consistorio y Presidente de la Conferencia Internacional Judía convocada en París para luchar por la emancipación judía en Europa Oriental.

Recuperar el tiempo


Sus padres habían fallecido; murieron tristes viendo al “petit Marcel” perder el tiempo. Entonces él, se dispone ahora a recuperar el tiempo perdido. Así nace esta obra de siete grandes partes. Podemos decir, que su enorme empresa literaria adquirió el sentido de recobrar los trozos de tiempo perdido. Algo que va a hacer a partir de la memoria involuntaria.

Podemos convenir que son experiencias muy raras, y no tenemos conocimiento del registro que de éstas pudiera haber en la Psicología experimental. Constituyeron un don –un tesoro– muy especial para un genio de la creatividad como Proust.

El mundo tiene siete maravillas, la semana tiene siete días y la memoria involuntaria de Proust apareció siete veces en su vida, originando siete grandes novelas.

Relatos y parodias


En 1892 (a los 21 años de edad) ayuda a fundar la revista “Le Banquet” (El Banquete). A esta altura resulta claro que la delicada salud del “petit Marcel” no le permitiría seguir ninguna profesión. Y pocos sospechan que en este delicado y mundano jovencito se esconde un talento literario que conmoverá a la humanidad.

En 1896 (a sus 25 años) escribe su primera obra “Los placeres y los días. Parodias y misceláneas”, una colección de relatos y ensayos que se publica con prólogo de Anatole France. También escribe “Crónicas”—publicadas póstumamente en 1927—.

Cartas y episodios


Entre 1896 y 1904 trabaja en la escritura de “Jean Santeuil”, una cantidad de episodios autobiográficos que van a dar lugar a su posterior gran obra, “En busca del tiempo perdido”. Esta obra inacabada (“Jean Santeuil”), se publicaría mucho después de su muerte (recién en 1952).

La correspondencia de Proust a un amigo, la escribe durante veinte años, desde 1903 hasta poco antes de morir. La misma, su obra epistolar, se publicaría en 6 volúmenes, también años después de su fallecimiento (entre 1930 y 1936).
Muy culto, Proust traduce al francés la Biblia y “Sésamo y los lirios” del esteta británico John Ruskin.

En 1905, a los 34 años de edad, Proust quedó paralítico. Situación en la que vivió los últimos 17 años de su vida (gran parte de ellos escribiendo sin salir de su habitación, colmada de una montaña de papeles).

Genio inadvertido


Su gran novela —su gran obra— como todos saben fue, “En busca del tiempo perdido”. Esta obra en verdad consiste de 7 partes, en 15 volúmenes. Proust la escribió durante 9 años, desde 1913 (a sus 42 años de edad) hasta su fallecimiento en 1922.

Baste decir que la primera novela “Por el camino de Swann” no encontró editor (…) y tuvo que costeársela él mismo, para que veamos repetida la imagen de la incomprensión del artista, y de cómo los genios pueden pasar inadvertidos. Aunque esto último sólo por un tiempo… Y en este caso también fue así. Porque su segunda novela, “A la sombra de las muchachas en flor”, en cambio, no sólo que ya tuvo editor, sino que logró con ella el Premio Goncourt.

Las siete partes de su gran obra, son: “Por el camino de Swann”; “A la sombra de las muchachas en flor”; “Del lado de Guermante”; “Sodoma y Gomorra”; “La Prisionera”; “Albertina desaparecida”; “El Tiempo recuperado”.


Abismo


Ya a partir de su primera experiencia de “memoria involuntaria”, su vida cambió totalmente. Enfermo de parálisis, pero también iluminado por la repentina tendencia a poder recuperar fragmentos íntegros del pasado, entreteje las historias que son en gran parte autobiográficas, pero el “Marcel” que las vive en la literatura proustiana tiene un abismo con el autor, cosa ya muy señalada por los críticos. Vale también señalar que gran parte del material se halla en estrecha relación con sus propias vivencias; y, pese a haber sido criado con influencia católica, describe con aínco a su madre y a su abuelo judíos.
Como poseído por una vocación monacal, comienza entonces Proust a escribir noches enteras, llenando montañas de papel en su revuelta y sofocante habitación revestida de corcho. Habitación que sólo muy esporádicamente abandonaría.

Matices y detalles


Él entró de lleno en la escritura y también ya han señalado que para poder entrar en su obra, es asimismo necesario poseer una parecida vocación. Es de difícil acceso por varias razones, y no es la menor, el hecho de que abunda hasta la exasperación en las frases circulares y obsesivas, que no concluye hasta que estén absolutamente agotados todos los matices y los detalles de lo que quiere decir. Muchos hablaron aquí de una “escritura de la obsesión”. Son frases que tienen una densidad y un grosor en las que hasta el tiempo pareciera espesarse. Y para entrar en ellas es necesario todo el tiempo que él le consagró a su escritura.

De todos modos, Proust no es un escritor barroco –como por ejemplo el cubano Lezama Lima–, aunque también manifieste el horror al vacío. La de Proust es una obra tremendamente compleja, y a través de espirales ornamentales, las interminables frases parecen configuradas desde una necesidad obsesiva de decirlo todo, sin excluir el mínimo detalle.

Balzac y Bergson


Quienes han hurgado en la búsqueda de antecedentes de la obra de Proust han creído hallar el más evidente en “La comedia humana”, de Balzac, en la medida en que ésta también es una crónica de la sociedad. Se señaló asimismo que él era muy lector de Balzac y también del Duque de Saint Simon, quien en sus “Memorias” –que abarcan varios tomos–, mostró la sociedad de su época.

Agreguemos que asimismo se halla en Proust una concepción del tiempo –al que percibe como menos real que a la literatura y al arte– que es tributaria de la filosofía de Henri Bergson (1859-1941).

Princesas


Hombre de refinada sensibilidad, también ha sabido entender la vida mundana y ha descrito a las princesas como una exaltación de la misma. A la Princesa Orianne de Guermantes la compone desde una amalgama de varios personajes. La Princesa de Guermantes es la descendiente de Genoveva de Brabante y esto ya implica la importancia que atribuye a la aristocracia en la consolidación de la identidad nacional francesa.

El tiempo se va desmigajando tal como la juvenil belleza de encantadoras princesas y de astutas “cocottes” en los salones de la vida pública. Su descripción de la belleza y del carácter femenino ha sido subrayada como una de las mejor logradas jamás. Una ironía ya señalada, es que Proust, un homosexual, está entre los hombres que mejor conocieron a las mujeres.

Odette


Por supuesto que un gran tema que no podía faltar en la obra de Proust, es el amor. Y si en nuestra vida cotidiana todo se deshace entre los dedos, con cuánta mayor razón se nos esfumará el amor, una vez que nos acercamos a él, una vez que lo tocamos. Veamos esto a través de algunos de sus personajes. Así, el amor de Swann, el refinado judío amigo de sus padres —aceptado en los salones de la aristocracia francesa—, es una “cocotte”, Odette de Craizy a la que conoce en un ridículo salón. Es un amor irreal en la medida en que no está basado en una atracción verdadera. A Swann no le gusta Odette ya que la encuentra de enormes ojos que parecerían caerle sobre el rostro y de mejillas demasiado marfileñas. Pero los enfermizos celos que siente por esta mujer que sabe tan bien cómo jugar con él, lo llevarán a enamorarse de ella, de la misma manera que el cuadro que ella le recuerda. Es decir, que la conjunción de los celos y de la estética del recuerdo son los motivos que enamoran a Swann de Odette, en la primera novela de su gran obra (que fuera también llevada al cine hará algo más de dos décadas, con la bella actriz italiana Ornella Mutti en el papel de Odette).

Albertine


Mencionamos que Proust era homosexual. Bien, muchos críticos afirman que otro de sus importantes personajes femeninos, “Albertine”, fue logrado a partir de un personaje masculino (Alberto). En la obra, después de haber anhelado tanto el beso de “Albertine”, al tener frente a sí su fresca mejilla, la encuentra plena de enormes poros, monstruosa.

El amor es siempre celotípico, enfermizo y emerge como dolencia, antes que como un vínculo. Es más, sólo los celos surgirían como el elemento de unión de los sentimientos entre el hombre y la mujer. Albertine entonces será hecha prisionera, y finalmente logrará fugar y desaparecer.

Albertine, lesbiana, corre a visitar a sus amigas. Entonces a nuestro Marcel, los celos le permiten recuperar su amor por ella, que no podría ser tal en nuestro tiempo real.

Decadencia


También hallamos al personaje masculino del Barón, que a una edad madura se convierte a una homosexualidad sadomasoquista –coincidente con la forma con que Proust vivía la suya–. Así, el Barón contrata a muchachones de pueblo, quienes deben disfrazarse de sádicos y malvados, azotándolo impiadosamente hasta la humillación. Marcel Proust mostró también la decadencia de la aristocracia a fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte.

Y, en el último tomo, “El tiempo recuperado”, Proust vuelve la mirada a los salones de su juventud, hallando la gente que conoció antaño, ahora envejecida, mediocre, percibida en toda su chatura. O sea que en alguna medida ya ha perdido la idea de que los personajes de la nobleza vivan en un tiempo perfecto que no se disiparía como lo hace el tiempo cotidiano del resto de los mortales.

Sin piedad


Así, en esta última novela —“El tiempo recuperado”— reconoce a uno de sus antiguos conocidos y lo describe impiadosamente: la carne que le cuelga, la describe con repugnancia (no hay piedad en Proust, ¡no hay piedad!); y su mujer que lo mira tranquilamente, pareciéndole todo muy natural. También hallamos la descripción del arrogante aristócrata que cuando da la mano a alguien lo hace extendiendo el brazo de manera completamente recta. Y esto es así para imponer al otro la distancia que él decide que haya. Es un dar que impone distancia.

Arquitectura


Esta obra de Proust de la que él mismo reconoce concebida en una arquitectura “gótica”, llevó también a los críticos e investigadores a admitir que ingresar en ella es tener que acomodarse frente a difíciles laberintos. Y que una vez que se entra, hasta se puede soñar con el ritmo de sus frases y ya nunca se sale de la fantasía y la estética proustianas.
Con respecto a lo social en Proust, nos enseña el escritor, periodista y literato Jean Francois Revel: “La critica social de Prouts es muy superior a la de cualquier escritor, critico o periodista, llamados “progresistas”, que atacan la infraestructura, pero siguen apegados a los valores estéticos más decadentes de la alta burguesía”

Grande entre los grandes


Proust nos enseñó con elocuencia que la literatura nace donde muere la opacidad de la existencia. Genial intérprete de los recovecos del alma humana, conjugó esta psicología profunda con un sentimiento estético muy refinado. A su escritura laberíntica debemos sumarle su interrogante filosófico por el tiempo, y a su inagotable prosa, la extrema sensibilidad del artista. Por todo ello, junto a Faulkner y a Dostoievski, junto a Joyce y a Kafka, Proust ocupa un sitial de honor en la literatura de los siglos diecinueve y veinte, y para la posteridad. Hace poco más de 85 años, en la misma París que lo vio nacer, a los 51 años de edad, el 18 de noviembre de 1922 falleció Marcel Proust.
Ni falta hace decir que su obra literaria lo sobrevive —y lo sobrevivirá— largamente.

Experiencia personal


Se entra en la obra de Proust, y no se sale nunca, pues son laberintos infinitos. Se entra y no se sale de los mismos, pues la obra nos habita laberínticamente para siempre.

Yo debo confesar que leí la obra cuando tenía 18-19 años durante casi dos años, pero al mismo tiempo leí a otros dos autores, a Dostoievsky y Faulkner, amén de leer y estudiar “Tmol Schilshom” (ayer, anteayer) de Agnón y “Der gueier” de Menajem Boreisho.

¡Qué época! No nos podíamos presentar en sociedad los fines de semana, sin haber leído por lo menos un libro.

Con el paso del tiempo, siento que la obra de Proust fue decisiva para mi vida, pero a la vez me doy cuenta lo importante que encontré en las otras creaciones. En la obra de Faulkner hallé la búsqueda de justicia y en la de Dostoievsky, el buceo en los subterráneos humanos, que lo hace con una dosis de piedad. Estos dos sentimientos, sin duda, me fueron reforzados con la lectura y el estudio, por esos tiempos y hasta el día de hoy, con la compenetración en los profetas (especialmente Isaías y Amos) y en el libro de Job.

Yo admiro profundamente a Proust, no lo amo, pues no me siento contenido por él, y porque entre todos los matices que se hallan en su obra, creo que falta el de la piedad humana.

Conclusión


No obstante Proust nos enseñó que en su espléndida obra conviven los ideales estéticos de la sociedad francesa y la extrema sensibilidad. Artista que como sólo los grandes pueden hacerlo. Él ha podido describir la psicología profunda de sus personajes, ingresar en las sutilezas más finas y hacerlo con la incomparable grandeza de su genial literatura.
Proust no sólo fue un grande, sino un “grande entre los grandes”.




 

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