La vida de una pianista única: “Martha Argerich”
Moshé Korin.


En 1998 editamos en AMIA un libro titulado “Trayectorias musicales judeoargentinas”, Martha Argerich nos hizo saber que su madre era judía y que deseaba figurar en nuestra publicación.
Dada su eximia trayectoria y su fascinante personalidad, su nombre amerita mucho más y las líneas que siguen intentan saldar al menos en parte, su más que merecido homenaje.
Quien haya escuchado su interpretación del concierto de Sergei Prokofiev número 3, sabe de su potencia musical, de la fuerza y exquisita expresividad que emanan del arte de esta ya mítica pianista.
Pero también se destacan sobremanera sus interpretaciones de los preludios de Frederic Chopin, así como sus ejecuciones de obras de Franz Liszt, Johann Sebastian Bach, Robert Schumann y Maurice Ravel.
No casualmente se ha ganado el prestigio de ser considerada una de los mayores exponentes de su generación y de la de la posguerra.
Los comienzos en el piano
Martha Argerich nació bajo el nombre de María Martha en la ciudad de Buenos Aires, un 5 de junio de 1941.
Hija de Juan Manuel Argerich y de Juana (“Juanita”) Heller, ambos economistas y comprometidos militantes. Ella socialista y él radical. Ninguno de los dos era músico.
Juana Heller provenía de una familia rusa que emigró a la Argentina escapando de los pogromos del siglo XIX. De la mano de la colonización agrícola promovida por el Barón Hirsch, la familia se instaló en la Colonia Villa Clara en la provincia de Entre Rios; allí nació Juana.
Como en Villa Clara no había escuela secundaria, Juanita con once años abandonó la colonia agrícola para viajar a Buenos Aires donde vivía su abuela.
Además de estudiar en el colegio secundario, trabajaba para pagarle la habitación a su abuela.
Sus hermanos Aída y Benjamín, la siguieron, luego, cuando ella ya tenía dieciséis años y alquilaba una habitación en una pensión.
Cuando dejó Villa Clara, Juanita se fue alejando de su relación con el judaísmo.
Fueron la tenacidad y el extremo ahínco de Juanita quienes encauzaron el talento natural de Martha primero y luego una vez afianzado su virtuosismo, ella la guió a abrirse los pasos iniciales en el mundo de la música.
Estas mismas cualidades si bien hicieron posible la carrera de Martha, también la asfixiaron en más de una oportunidad.

El descubrimiento del piano
Corría el año 1944, Martha tenía dos años y ocho meses, asistía a una guardería. Allí tenía un compañerito que siempre la desafiaba para que cumpliera pruebas: “¡A que no sos capaz de subirte a la mesa!”, a lo cual la pequeña Marthita respondía realizando la proeza. Un día le dijo: “¡A que no sos capaz de tocar el piano!”. La niña levantó la tapa del instrumento y con un dedo tocó la melodía de una de las canciones que les hacían escuchar hasta que la maestra se detuvo en la puerta y preguntó :”¿Quién te enseñó eso?” La respuesta fue: “Nadie”.
En 1945, con sólo cuatro años de edad da su primer recital público. En su primer concierto formal a los ocho años de edad, interpretó el “Concierto para piano y orquesta n.º 20 en re menor, K. 466”, de Mozart, y comenzó a estudiar con Vicente Scaramuzza (también maestro de Bruno Gelber, entre otros).
A principios de 1954, el presidente argentino Juan Domingo Perón la recibió en la residencia presidencial:
“Yo tenía un poco más de 12 años, había tocado en el Teatro Colón, y Perón me había dado una cita en la residencia presidencial. Mamá preguntó si podía acompañarme y le dijeron que sí, por supuesto. Yo no era muy peronista; me acuerdo de que siempre estaba pegando por todos lados papelitos que decían «Balbín-Frondizi». Perón nos recibió y me preguntó: «¿Y adónde querés ir, ñatita?». Y yo quería ir a Viena, para estudiar con Friedrich Gulda. A él le gustó que no quisiera ir a Estados Unidos. Lo más cómico fue que mi mamá, para congraciarse, le dijo que a mí me encantaría tocar un concierto en la UES [Unión de Estudiantes Secundarios]. Y parece que yo debo haber puesto una cara bastante reveladora de que la idea no me gustaba, porque Perón le empezó a seguir la corriente a mamá, diciéndole «por supuesto señora, vamos a organizarlo», mientras me guiñaba un ojo y, por debajo de la mesa, me hacía con un dedo que no. Él la estaba cargando a mamá y a mí me tranquilizaba. Se dio cuenta de que yo no quería. Fantástico, ¿no? Y le dio un trabajo a mi papá. Lo nombró agregado económico en Viena. Y a mamá le dijo que le parecía que ella también era muy inteligente, emprendedora y capaz y le consiguió otro puesto en la embajada.
(Martha Argerich. Artículo de la revista “Clásica”,, Buenos Aires , 1999)
Desde 1954, en Viena (Austria), Argerich estudió durante dieciocho meses con Friedrich Gulda -quien ha sido su más influyente maestro-. Luego estudió en Ginebra con Madeleine Lipatti y Nikita Magaloff. Fue también alumna de Stefan Askenase y María Curao, y en 1960 de Arturo Benedetti Michelangeli.
Los concursos y los merecidos galardones
En 1957, ganó dos prestigiosos concursos de piano con tres semanas de diferencia. Más tarde, en 1965 obtuvo el primer premio en el Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin, reconocida por sus interpretaciones de Chopin y Liszt.
Olivier Bellamy, uno de sus biógrafos, sintetizó así el estilo de Argerich:
“Lo que llamaba la atención de los públicos más exigentes era esa combinación única de cualidades aparentemente contradictorias, difícil de encontrar en un mismo artista: gran fuerza física y un toucher tan sutil que saca a la luz los matices más finos, una silueta menuda, una sensibilidad a flor de piel y una técnica magistral.”
En varios reportajes Argerich ha remarcado su sentimiento de soledad en el escenario durante la interpretación, y -quizá por ello- realizó muy pocos recitales de piano solista después del 1980, enfocándose en conciertos para piano y orquesta, música de cámara y acompañamiento instrumental en sonatas.
Ha sido reconocida especialmente por sus interpretaciones de compositores clásicos del siglo XX, tales como Serguéi Rajmáninov, Olivier Messiaen y Serguéi Prokófiev. Una de sus grabaciones más notables reúne al “Concierto para piano nº3” de Rachmaninov con el “Concierto para piano nº 1” de Chaikovsky.
Obtuvo tres premios Grammy, en los años 2000, 2005 y 2006.
Anualmente en el Teatro Colón de Buenos Aires se lleva a cabo el Festival Martha Argerich, en el cual se ofrecen conciertos por músicos e intérpretes de diferentes partes del mundo, y además se celebra un concurso de piano en el cual Argerich a menudo preside el jurado.
La vida familiar
Martha Argerich ha contraído matrimonio tres veces: la primera con Robert Chen, padre de su hija mayor, Lyda. Desde 1969 a 1973 estuvo casada con el director de orquesta Charles Dutoit, que continúa haciendo grabaciones y conciertos con la pianista, y con quien tuvo a su segunda hija, Annie. Su tercer marido fue el pianista Stephen Kovacevich, padre de su tercera hija, Stephanie.
Uno de sus amigos más cercanos es el pianista brasileño Nelson Freire, que la acompaña frecuentemente en dúos de piano.
Una personalidad libre
Su amigo y gran pianista y director de orquesta Daniel Baremboim la definió un día como “un bello cuadro sin marco”. Desde pequeña Martha tuvo una personalidad libre, de profundo carácter rebelde, poco estructurada, despreocupada. Tal era su desorganización general que se olvidaba su “caché” (honorarios) sobre el piano en más de una ocasión.
Benévola y comprensiva con todos, posee una capacidad empática extraordinaria, lo que la hace sentirse cerca y cobijar a músicos que atraviesan crisis, que se llenan de dudas que sufren la presión de la profesión. Les ha abierto la puerta de su casa en infinidad de ocasiones.
Enemiga acérrima de la injusticia, siempre dice aquello que piensa honestamente y se rebela contra todo tipo de hipocresía.
Tal sensibilidad hacia los demás es probablemente uno de los elementos que hacen a sus interpretaciones tan emotivas logrando expresar magníficamente toda la paleta de humanos sentimientos.
Solemos idealizar las vidas de seres dotados de un don inusual, sin detenernos a pensar –ya que nos resulta asombrosamente inimaginable- que estas personas también están atrapadas de alguna manera por aquel don excepcional.
Con la honestidad que la caracteriza Martha lo ha puesto de manifiesto.
“No quiero ser una máquina de tocar el piano –declaró al diario argentino La Nación, en septiembre de 1986, durante una visita a Buenos Aires-. Un solista vive solo, toca solo, come solo. Es muy poco para mí.”
Ni el enorme y merecido reconocimiento del público, ni el vértigo de de las incesantes demandas de conciertos pudieron saciar las ansias de este espíritu. Elegida por el destino con un don único, se unió a él, pero también a la vez mantuvo y sigue manteniendo su libertad.



 

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